El deporte como proyecto de país

actualidad

Una mirada sobre el deporte como política de desarrollo para el Uruguay del siglo XXI

Uruguay convive desde hace décadas con una paradoja. Es un país profundamente identificado con el deporte, reconocido internacionalmente por gestas que forman parte de su identidad, con clubes, federaciones, instituciones educativas, deportistas, entrenadores y dirigentes que han sostenido mucho más de lo que sus recursos permitirían esperar. Sin embargo, esa tradición nunca terminó de traducirse en una política pública capaz de aprovechar todo el potencial del deporte como herramienta de desarrollo nacional.

Esta afirmación no desconoce los esfuerzos realizados por distintos gobiernos, intendencias, municipios, instituciones deportivas y organizaciones sociales. Sería injusto hacerlo. Pero también sería un error confundir una suma de iniciativas, muchas veces valiosas pero dispersas, con una estrategia compartida de largo plazo.

Uruguay necesita mirar el deporte desde una perspectiva mucho más amplia.

Antes de avanzar, conviene hacer una precisión institucional. Las grandes políticas deportivas nacionales corresponden al Estado, a través de la Secretaría Nacional del Deporte, y al Comité Olímpico Uruguayo, en coordinación con las federaciones y los demás actores del sistema deportivo nacional. Esa distribución de competencias no solo debe respetarse; también debe fortalecerse.

Precisamente por eso, el desafío no consiste en superponer esfuerzos, sino en articularlos. El país necesita una visión capaz de integrar al gobierno nacional, los gobiernos departamentales, los municipios, las federaciones, los clubes, las universidades, el sector privado y la sociedad civil. Cada uno tiene responsabilidades diferentes. Todos son necesarios.

En ese entramado institucional, las intendencias y los municipios ocupan un lugar singular. Son el nivel de gobierno más próximo a la ciudadanía. Conocen la realidad de cada barrio, de cada ciudad y de cada localidad. Si la política deportiva nacional marca el rumbo, son ellos quienes pueden convertir ese rumbo en oportunidades concretas: recuperando espacios públicos, fortaleciendo a los clubes, promoviendo actividades, generando infraestructura, organizando eventos y articulando con las organizaciones sociales de su territorio. Ninguna política deportiva nacional alcanzará todo su potencial si no descansa sobre gobiernos locales fuertes, comprometidos y con capacidad de iniciativa.

Porque el deporte nunca fue solamente deporte.

Es una herramienta de salud pública cuando combate el sedentarismo, reduce enfermedades y previene adicciones. Fortalece la integración social al ofrecer oportunidades a niños y jóvenes en todos los barrios, pueblos y ciudades. Educa en valores como la disciplina, el esfuerzo y el trabajo en equipo. Recupera espacios públicos para la convivencia, genera empleo, atrae visitantes y proyecta una imagen positiva del país hacia el mundo.

Los países y ciudades más dinámicos entendieron hace tiempo esta realidad. Barcelona convirtió el legado olímpico en una política permanente de desarrollo urbano. Melbourne construyó una identidad internacional alrededor de sus grandes eventos deportivos. Medellín utilizó el deporte como instrumento de transformación social. Ninguno limitó su mirada al alto rendimiento; todos comprendieron que el deporte atraviesa la vida social, económica y cultural de una comunidad.

Uruguay también puede hacerlo.

Para lograrlo hace falta una estrategia apoyada en seis grandes pilares.

El primero es garantizar el acceso al deporte en todas las etapas de la vida.

No alcanza con ofrecer actividades aisladas. El país debería proponerse que cada niño, adolescente, adulto y persona mayor encuentre una oportunidad real de practicar deporte cerca de su lugar de residencia. En una escuela, en un club, en una plaza, en una playa, en un gimnasio municipal o en un espacio comunitario. El deporte debe asumirse como un derecho ciudadano, no como un privilegio reservado a quienes pueden pagar la cuota de una institución privada.

Esa tarea difícilmente pueda resolverse desde un escritorio. Requiere gobiernos departamentales y municipios capaces de planificar junto con las organizaciones locales. Nadie conoce mejor las necesidades de una comunidad que quienes conviven diariamente con ella. Allí reside una de las mayores fortalezas de la descentralización: acercar las decisiones a las personas y adaptar las soluciones a cada realidad.

Esto exige una verdadera política territorial. No habrá desarrollo deportivo nacional mientras las oportunidades permanezcan concentradas. Cada rincón del Uruguay tiene fortalezas propias que pueden convertirse en oportunidades: la costa, los ríos, las sierras, las ciudades intermedias, los pequeños pueblos, los centros educativos y los clubes sociales y deportivos. El país posee una escala que permite pensar redes de cooperación más que estructuras centralizadas.

El segundo desafío es fortalecer el deporte competitivo.

Los clubes y las federaciones constituyen el corazón del sistema deportivo uruguayo. Allí se forman los deportistas que luego representan al país. Allí trabajan entrenadores, árbitros, dirigentes y voluntarios que sostienen la actividad, muchas veces con más vocación que recursos. Una estrategia nacional seria debe acompañar ese proceso con infraestructura adecuada, programas de apoyo, capacitación técnica y mejores condiciones para el desarrollo del talento.

La excelencia deportiva rara vez es fruto de la casualidad. Responde a planificación, inversión y continuidad. También exige comprender que el alto rendimiento comienza mucho antes de que un deportista llegue a una selección nacional. Empieza en la infancia, en el trabajo de los clubes, en la calidad de los entrenadores, en el acceso a competencias, en la medicina deportiva y en el acompañamiento educativo.

Otro eje imprescindible es convertir a Uruguay en sede habitual de eventos deportivos nacionales e internacionales.

Cada campeonato deja mucho más que una competencia. Hoteles ocupados, restaurantes trabajando, transporte movilizado, comercios con mayor actividad y visitantes que conocen el país y luego lo recomiendan. Organizar eventos deportivos también es hacer política de desarrollo económico.

Pero esa estrategia no debería limitarse a unas pocas ciudades. Uruguay puede construir un calendario nacional de eventos, distribuyendo sedes según las fortalezas de cada departamento. Deportes de playa en la costa, remo y canotaje en zonas fluviales, ciclismo y atletismo en circuitos departamentales, deportes bajo techo en ciudades con buena infraestructura, competencias juveniles en localidades con fuerte tejido comunitario. Lejos de competir entre sí, las intendencias podrían complementarse y construir una oferta deportiva nacional mucho más rica y diversa.

La misma lógica debería inspirar el cuarto pilar: el turismo deportivo vinculado a la economía del conocimiento.

Uruguay reúne condiciones excepcionales para convertirse en un centro regional de congresos, seminarios, ferias, cursos internacionales y encuentros profesionales relacionados con el deporte. Dirigentes, entrenadores, árbitros, médicos del deporte, preparadores físicos, investigadores universitarios y especialistas en gestión deportiva participan cada año en cientos de reuniones internacionales.

¿Por qué no aspirar a que muchas de ellas se realicen aquí?

Eso exige potenciar la infraestructura existente, crear nuevos espacios donde sea necesario y construir una agenda nacional que posicione al país como un centro de intercambio de conocimiento deportivo. Montevideo seguramente desempeñará un papel relevante por su conectividad y capacidad instalada, pero no tiene por qué ser la única protagonista. Otras ciudades pueden especializarse y convertirse en sedes de congresos, clínicas deportivas, cursos internacionales o centros de entrenamiento, generando desarrollo y empleo en todo el territorio.

Se trata, además, de un turismo de enorme valor agregado: desestacionaliza la actividad económica, distribuye oportunidades y fortalece la proyección internacional del Uruguay.

El quinto pilar tiene que ver con la infraestructura.

No alcanza con construir nuevos escenarios. Igual de importante es recuperar los existentes, modernizarlos, adecuarlos a estándares internacionales, hacerlos accesibles e incorporar tecnología, eficiencia energética y criterios de planificación territorial.

Uruguay necesita una red integrada de instalaciones deportivas donde convivan escenarios de nivel internacional con espacios barriales, municipales y comunitarios de calidad. La meta no debería ser concentrar inversiones en unos pocos puntos, sino garantizar que cada departamento disponga de infraestructura acorde a sus necesidades y potencialidades. Una cancha iluminada, una piscina, un gimnasio o una pista de atletismo pueden transformar la vida de una comunidad tanto como una gran obra emblemática.

Queda, finalmente, el sexto pilar. Quizás el más trascendente.

Convertir al deporte en una verdadera política de Estado. No como otro eslogan destinado a desaparecer con el cambio de una administración.

Como una política pública de largo aliento.

Eso supone construir una gobernanza donde cada institución asuma con claridad su papel. La Secretaría Nacional del Deporte y el Comité Olímpico Uruguayo deben continuar orientando las grandes políticas y el desarrollo estratégico del sistema. Las federaciones, los clubes y las organizaciones deportivas seguirán siendo el corazón de la práctica deportiva. Pero serán las intendencias y los municipios quienes tendrán la posibilidad de transformar esas políticas en una realidad cotidiana para millones de uruguayos, integrando el deporte a la planificación urbana, la educación, la salud, la cultura, el turismo y el desarrollo económico de cada territorio.

Implica, además, desarrollar una marca país asociada al deporte, atraer inversiones, promover la innovación, generar información confiable, facilitar alianzas internacionales y posicionar a Uruguay como un referente regional.

En ese escenario, el deporte dejaría de ser responsabilidad exclusiva de los organismos especializados para convertirse en una política transversal de los tres niveles de gobierno -nacional, departamental y municipal-, articulada con el movimiento deportivo, la academia y el sector privado.

Ahí está, sin duda, la discusión de fondo.

No cuánto dinero destina un país al deporte, sino cuánto desarrollo resigna cuando no comprende todo lo que el deporte puede generar.

Uruguay reúne prácticamente todas las condiciones para convertirse en una referencia regional. Tiene tradición deportiva, instituciones sólidas, recursos humanos de excelencia -no siempre suficientemente valorados-, estabilidad democrática, una escala que facilita la coordinación y una identidad reconocible en el mundo. Lo que todavía falta es una visión capaz de articular esas fortalezas detrás de un proyecto común.

Los países no cambian únicamente porque construyan obras. Cambian cuando son capaces de imaginar un futuro distinto y sostenerlo con perseverancia.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de pensar el deporte como una competencia, una actividad recreativa o una política sectorial. Puede convertirse en uno de los grandes motores del desarrollo económico, social y cultural del Uruguay. Ese desafío excede a un período de gobierno, a un partido político o a una administración. 

Es, en definitiva, un proyecto de país.


Gustavo Modernell
               
Junio 2026